Para ser el mejor no es necesario ser el más bueno. Ni mucho menos implica ser el más técnico o más veloz. Ser el mejor significa ser incisivo, tomar las riendas de tu equipo y marcar las diferencias. Una simple acción en un momento decisivo te puede convertir en el mejor. Nuestro protagonista de hoy no es el más destacado en ninguno de los aspectos del fútbol. A la vista de todos, se queda en un futbolista de tantos que puede verse por un campo de la Premier League. El don del oportunismo es su mejor amuleto. Siempre aparece en el lugar exacto cuando más hace falta. Empezó como mejor delantero del mundo en potencia, y ha terminado siendo un obrero del fútbol. El trabajo y sacrificio son sus claves; no dar un balón por perdido es su lema. Hablamos de Dirk Kuyt.

Llegó al Liverpool en una época de cambios. Benítez llevaba un año y los fichajes eran constantes en el club. Tras su brillante última temporada en el Feyenoord, 22 goles y 19 asistencias en 33 partidos, llegaba con la vitola de crack pero con el deseo de dar un salto cualitativo en cuanto a equipo. Como pasa con muchos jugadores que destacan allí, la Eredivisie se le quedaba pequeña. El Liverpool era el equipo perfecto como destino. Leyenda, historia, Anfield y mucho tiempo para hacer un nombre que sería recordado. Llegó un año tarde a la mítica final de Estambul, pero el bloque era el mismo. Sí que estaba en la segunda final de Champions League en la que el Liverpool llegaba en tres años. Y fue el que dio esperanzas de remontar el resultado con un gol en el 88', pero esta vez no se obró el milagro. La competición europea no quiso regalarle un título a Kuyt.
Jugar en Inglaterra era adaptarse a unas características que tenía bien aprendidas. Potencia física, juego contundente y poco tiempo para pensar. Recibiendo de espaldas mejora su juego; rematando al primer toque es letal. Omnipresente a la hora de rematar un balón, corre como si fuera el último a la hora de tener que recuperarlo. En un deporte donde el compañerismo es importante, Kuyt supo entender que el nosotros estaba antes que el yo. Entendía y entiende que el triunfo colectivo es más importante que una victoria individual. Correr para luchar un balón en posesión del rival es una muestra de compañerismo, y Kuyt lo manifiesta partido tras partido. Ha dejado de ser un goleador como en el Feyenoord, pero eso no importa mientras siga jugando y ganando. Mientras que antes superaba los veinte goles, llegar a quince en el Liverpool es un mérito.

Dirk Kuyt ha sabido adaptarse a toda posición que le ha tocado ocupar. Conforme llegó a Liverpool, actuó como punta en solitario, un nueve en toda regla. Pasó a estar acompañado por Peter Crouch o Craig Bellamy. Pero más tarde llegó Fernando Torres. El holandés se vió relegado a la banda derecha teniendo que dar paso a Gerrard en la media punta. Llega desde la segunda línea y aparece como siempre había hecho. Remata de cabeza desde todas las posiciones. Tiene el mismo gol que antes pero con una sola diferencia: Llega por la banda. ¿Qué ocurrió con esto? Kuyt no alzó la voz en ningún momento. Sabe que si quiere seguir jugando tendrá que ser en la posición en la que le coloquen. Acepta lo que le dicen y actúa lo mejor que puede. Sacrifica su victoria por la del equipo. El éxito individual por el colectivo. El yo por el nosotros. En otras palabras: compañerismo.
Es muy grande. Su trabajo y aportación nunca será realmente gratificada porque no es vistosa. Si no destacas en algo, corres el riesgo de quedarte en un jugador mediocre. Pero hay muchos que no se dan cuenta de que Dirk Kuyt sí destaca en algo. No es el mejor en nada pero, en cambio, aporta de todo un poco. Y lo que aún es mejor, aporta cuando los demás no tienen qué ofrecer. Destaca en algo porque nadie tiene lo mismo que el holandés, mientras que él si tiene cosas de los demás. Detalles de cara a la galería le veremos pocos. Pero detalles futbolísticos, muchos. Alinear a Dirk Kuyt puede ser criticado por falta de vistosidad o calidad, pero siempre terminará dando su resultado. Es apostar sobre seguro. Es confiar en lo evidente. Nunca será de los grandes, pero siempre será recordado.

Llegó al Liverpool en una época de cambios. Benítez llevaba un año y los fichajes eran constantes en el club. Tras su brillante última temporada en el Feyenoord, 22 goles y 19 asistencias en 33 partidos, llegaba con la vitola de crack pero con el deseo de dar un salto cualitativo en cuanto a equipo. Como pasa con muchos jugadores que destacan allí, la Eredivisie se le quedaba pequeña. El Liverpool era el equipo perfecto como destino. Leyenda, historia, Anfield y mucho tiempo para hacer un nombre que sería recordado. Llegó un año tarde a la mítica final de Estambul, pero el bloque era el mismo. Sí que estaba en la segunda final de Champions League en la que el Liverpool llegaba en tres años. Y fue el que dio esperanzas de remontar el resultado con un gol en el 88', pero esta vez no se obró el milagro. La competición europea no quiso regalarle un título a Kuyt.
Jugar en Inglaterra era adaptarse a unas características que tenía bien aprendidas. Potencia física, juego contundente y poco tiempo para pensar. Recibiendo de espaldas mejora su juego; rematando al primer toque es letal. Omnipresente a la hora de rematar un balón, corre como si fuera el último a la hora de tener que recuperarlo. En un deporte donde el compañerismo es importante, Kuyt supo entender que el nosotros estaba antes que el yo. Entendía y entiende que el triunfo colectivo es más importante que una victoria individual. Correr para luchar un balón en posesión del rival es una muestra de compañerismo, y Kuyt lo manifiesta partido tras partido. Ha dejado de ser un goleador como en el Feyenoord, pero eso no importa mientras siga jugando y ganando. Mientras que antes superaba los veinte goles, llegar a quince en el Liverpool es un mérito.

Dirk Kuyt ha sabido adaptarse a toda posición que le ha tocado ocupar. Conforme llegó a Liverpool, actuó como punta en solitario, un nueve en toda regla. Pasó a estar acompañado por Peter Crouch o Craig Bellamy. Pero más tarde llegó Fernando Torres. El holandés se vió relegado a la banda derecha teniendo que dar paso a Gerrard en la media punta. Llega desde la segunda línea y aparece como siempre había hecho. Remata de cabeza desde todas las posiciones. Tiene el mismo gol que antes pero con una sola diferencia: Llega por la banda. ¿Qué ocurrió con esto? Kuyt no alzó la voz en ningún momento. Sabe que si quiere seguir jugando tendrá que ser en la posición en la que le coloquen. Acepta lo que le dicen y actúa lo mejor que puede. Sacrifica su victoria por la del equipo. El éxito individual por el colectivo. El yo por el nosotros. En otras palabras: compañerismo.
Es muy grande. Su trabajo y aportación nunca será realmente gratificada porque no es vistosa. Si no destacas en algo, corres el riesgo de quedarte en un jugador mediocre. Pero hay muchos que no se dan cuenta de que Dirk Kuyt sí destaca en algo. No es el mejor en nada pero, en cambio, aporta de todo un poco. Y lo que aún es mejor, aporta cuando los demás no tienen qué ofrecer. Destaca en algo porque nadie tiene lo mismo que el holandés, mientras que él si tiene cosas de los demás. Detalles de cara a la galería le veremos pocos. Pero detalles futbolísticos, muchos. Alinear a Dirk Kuyt puede ser criticado por falta de vistosidad o calidad, pero siempre terminará dando su resultado. Es apostar sobre seguro. Es confiar en lo evidente. Nunca será de los grandes, pero siempre será recordado.